Uncategorized

La mirada del elefante – Sobre el valor visual de El Elefante Desaparecido

Durante los dos primeros actos de El Elefante Desaparecido no podía dejar de pensar que me encontraba frente a la mejor película peruana que jamás hubiera visto y ante el mejor director de cine de nuestro país. Lamentablemente, el críptico tercer acto me hizo sentir con rabia un sinsabor que me obligaba a cuestionar la primera afirmación; la segunda, por suerte, permaneció inmaculada en mi mente gracias a la sobrecogedora disciplina visual de Fuentes León.

El año post ¡Asu Mare! ha sido prolífico tanto a nivel de cintas como de taquilla para el cine local. Se han estrenado más de una decena de películas y la taquilla, salvo excepciones puntuales, ha sido generosa dentro de lo razonable con cada una de ellas (no todas pueden ser blockbusters con 6  u 11 millones de dólares de recaudación, pero mientras la mayoría se mantenga por encima de los 250 mil o los 500 mil, el escenario será positivo). A pesar de ello, un grupo de críticos y “gente de cine” se mantiene reacio a aceptar e incluso valorar este boom y a las cintas que se asemejen en lo más ínfimo al modelo visual que Tondero propuso con ¡Asu Mare!, entiéndase: cine hecho por publicistas.

Ahora, es cierto que los dos blockbusters consecutivos producidos por el cine peruano, que a su vez son las dos cintas más vistas en nuestra historia (un dato no menor y digno de todos los aplausos posibles), parecen comerciales, en gran medida porque fueron hechos por un publicista o por un director novel que posiblemente fue asesorado por un publicista. En sí mismo esto no representa algo negativo, mucho menos debe ser un argumento para lapidar a las películas, pero sí vale la pena mencionar la importancia de una cinta que utiliza herramientas expresivas visuales cinematográficas de manera distinta a aquellas que fueron gestadas bajo la mirada más pragmática, ornamental y “correcta” de la publicidad.

De esa manera, podremos comprender que en esta primera etapa del  renacimiento del cine peruano (me atrevo a llamarlo así avalado por las cifras) las características visuales de la publicidad nos bastan para tener un producto audiovisual atractivo para el público, pero necesitaremos de cintas ejecutadas con la pericia y talento de un cineasta si deseamos mantener su atención y elevar la calidad visual de nuestro cine de consumo masivo: el agente central en la construcción de una industria cinematográfica.

La mirada del cineasta

El trabajo de Fuentes León me ha cautivado desde Contracorriente, que debe ser la mejor película hecha por un director peruano. La cinta me deslumbró porque no buscaba ser un testimonio personal o una compleja tesis semántica (como ha sido la tendencia en nuestros directores desde hace 6 años), sino que se dedicaba a cumplir la función primigenia del cine: contarnos una historia.

¡Y qué historia fue! Una mezcla inesperada entre el amor, la lealtad y la verdad en un contexto donde lo real y lo fantástico convergieron con una sorprendente armonía. La pericia para lograr que una película con esos ingredientes despegue es argumento más que suficiente para demostrar que Fuentes León es un cineasta fenomenal y me permite sostener que su presencia en la cartelera local no solo es refrescante, sino necesaria dado el momento actual de nuestro medio cinematográfico.

Con El Elefante Desaparecido, Fuentes León nos encierra junto a Edo Celeste, ex-detective y escritor de novelas policiales que padece un bloqueo creativo para culminar el último capítulo de su novela. Edo debe convivir con la desaparición de su pareja, quien (todo indica) falleció el día del terremoto de Pisco en el 2007. Encerrado en su hogar, fragmentado entre su libro y su vida personal y obligado a salir de un sangriento laberinto que comienza a recorrer con la llegada de un misterioso sobre con fotografías, Celeste nos lleva hasta el corazón de la ficción para poder liberarse del fantasma de su pareja y de los crímenes que lo guiaron hasta ella.

Según lo expuesto, podemos decir que el tema tangible de la película es el encierro y este no solo puede expresarse por medio de diálogos o la actuación, sino – y principalmente – por la construcción del encuadre. Tan solo bastan los primeros segundos en pantalla de Salvador del Solar – quien interpreta a Celeste – para poder sentir la naturaleza del personaje y su cruz. Fragmentado, encerrado por elementos de su sala (como un estante de libros), mostrado en espacios sin línea de fuga y constantemente detrás o delante de barrotes verticales; Edo Celeste siempre se muestra quebrado, disociado o encerrado y cada uno de sus encuadres se asegura de que obtengamos esa información.

A pesar de que al público regular pueda resultarle imperceptible la relación entre los elementos del encuadre y el tema de la película, el hecho que esta exista construye, en gran medida, el valor de El Elefante Desaparecido y marca el camino a seguir para futuras producciones, sean cine arte, blockbusters o cualquier otra categoría cinematográfica. La disciplina voraz para ofrecer información de la historia a través de la propia composición es el sello de un nivel diferente de producción, una mucho más metódica y rica para el espectador que aquella con una mera visión instrumental del encuadre. Si bien el espectador puede no percibir la relación entre el tema y los elementos visuales de manera inmediata, sí podrá sentir lo que el encuadre busque transmitir y eso es una herramienta narrativa que potencia el compromiso del espectador con la historia.

Con esta reflexión no quiero decir que una película sea superior a otra en tanto haya sido pensada y ejecutada por un cineasta en vez de por un publicista, mucho menos que este último esté negado a construir encuadres de manera metódica para aportar a la narrativa. Más allá de ser una diferenciación técnica entre estilos, no puede ser considerada como una razón para vapulear un estilo visual y ensalzar otro, muy por el contrario, lo que busco es hacer un llamado a optimizar nuestra narrativa y considerar al encuadre como un personaje más que debe ofrecernos información y sensaciones.

Por ello me opongo firmemente a las críticas que dinamitan el trabajo hecho en los blockbuster locales, porque, más allá de tener discrepancias u acotaciones sobre como potenciar la narración por medio del uso de la plástica del encuadre y sus elementos, no se puede negar que esas películas están bien hechas. Historias competentes y aristotélicas con agradables y armónicos movimientos de cámara que componen encuadres afables a la vista.

Por el momento, esto es todo lo que necesitamos para que el público vuelva a consumir nuestro cine (acompañado de toda una maquinaria de financiamiento y pre-producción que he mencionado anteriormente), lo que no quiere decir que el estilo visual no deba evolucionar. No nos servirá de nada producir cine masivo que se vea siempre igual porque, tarde o temprano, el público se dará cuenta de que puede consumir un producto de características similares gratis y desde la comodidad de sus hogares frente a la TV y cuando ese día llegue, nos vamos a despedir del boom.

 

Estándar