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¿Podría el Perú ganar un Oscar?

El 24 de febrero, Raúl Castro publicó en El Comercio un breve artículo sobre los dos óscares consecutivos que obtuvo México de la mano de Cuarón y Gonzáles Iñárritu. Si bien comienza con un adecuado recuento que nos permite comprender cómo es que “Los tres amigos” (Cuarón, Del Toro, G. Iñárritu) llegan a Hollywood y comienzan a construir sus nombres a punta de pujanza y esfuerzo durante años, falla en responder la pregunta que esgrime en su título: “¿Por qué los peruanos no ganamos un Oscar?”.

La pregunta resulta cándida y la manera como el artículo fue escrito solo nos permite saber que México ha tenido un crecimiento inmenso de estrenos locales en sus cines, junto a otros países de la región, y que nuestra industria de cine es incipiente, por lo que “habrá que esperar tantito” para que lleguemos a las grandes ligas (a las cuales, sorprendentemente, cree que estamos en camino). De acuerdo a lo que escribió, uno creería que los méritos para que un país pueda tener pretendientes al Oscar son tan solo producir cantidades obscenas de películas, exportar talentos y gozar con los resultados.

Por supuesto que eso no funciona así.

Comencemos por describir la propia naturaleza de los Oscar. No son una competencia entre talentosos artistas donde sus capacidades individuales son evaluadas y recompensadas con la estatuilla tras la decisión objetiva e imparcial de sus pares. Los Oscar son una competencia de publicistas, donde los miembros de la Academia son invitados a proyecciones especiales para asegurar votos y demás maniobras son ejecutadas para que las casas productoras tengan el prestigio de contar con un nuevo trofeo en sus vitrinas.

¿No me creen? Pues permítanme presentarles a Harvey Winestein, el amo y señor de Hollywood. Es el hombre con más de 300 nominaciones al Oscar y suficiente poder e influencia como para conseguir que sus películas resulten ganadoras (¿recuerdan cuando The King’s Speech le ganó a The Social Network? quién creen que producía la primera). No me malentiendan, el hombre no hace nada ilegal, pero es un claro ejemplo de cómo el Oscar es más el terreno de los productores y los publicistas que de los propios artistas.

Si Perú quisiera que una película suya pueda ganar un Oscar, necesitaría de un esfuerzo bíblico para equiparar la maquinaria que se mueve detrás de los otros competidores. La Teta Asustada no perdió contra El Secreto de sus Ojos por algún juicio de calidad particular, perdió porque Argentina tiene mucho más experiencia en este campo y sabe cómo funciona la industria, por lo tanto, supo mejor cómo vender su producto (de ahí que tengan 2 premios en vitrina).

Ahora, ese escenario considera que ya habríamos llegado al Oscar, una quimera que se hizo realidad una vez y desde ahí nos quedamos con el gusto en los labios, pero con la falta de medios para repetirlo. A pesar de ello, en caso volvamos, ya se puede tener en claro que si queremos ganar el premio, vaya quien vaya tiene que ir con un ejército de publicistas (te estoy viendo a ti PromPerú) y comenzar a bombardear a los votantes de la Academia con funciones especiales y delicias culinarias locales.

Miremos ahora nuestro mercado interno, esa “industria incipiente” encaminada a los premios de la Academia.

Como ya se mencionó en este artículo, el año pasado se mantuvo una millonaria taquilla general para nuestro cine y presentó un aumento de estrenos nacionales, pero el balance final estuvo por debajo de lo que se esperaba tras el fenómeno de ¡Asu Mare! y el crecimiento del consumo de cine (como bien menciona Raúl Castro, tuvimos 35 millones de espectadores). A pesar de haber producido más y de que el consumo general en ese mercado aumentó, los productos locales ganaron menos y eso es un indicador aterrador para el boom del cine peruano.

¿Por qué? Porque si de pronto la curva sigue descendiendo, los proyectos se harán menos rentables y con eso se perderá el financiamiento privado y nos despedimos de nuestros blockbusters para volver a los modestos 4 estrenos al año y menos de cuarto de millón de dólares de taquilla. De no cambiar este escenario, nuestra “industria incipiente” está más encaminada a desaparecer que a algún premio internacional.

¿Cómo revertir la situación?

Primero consolidando nuestro medio cinematográfico como una industria cinematográfica per se (no nos dejemos engañar, 16 directores independientes y una agencia de márketing no constituyen una industria). Esto implica abrir el mercado para que nuevos talentos tengan posibilidad de exponerse y ganar experiencia junto a los realizadores que ya tienen recorrido. El problema con ello es que todos los realizadores trabajan de manera endogámica (es decir, solo contratan a las personas que han tenido trabajo en este medio durante 30 años y a una base joven que conocen por cercanía social). De ahí que muchos espectadores consideren a las nuevas películas masivas peruanas “iguales” y que algunos errores (como guiones insuficientemente bien elaborados y falta de tino en la dirección de actores) se repitan constantemente.

Institucionalizar la industria cinematográfica local no solo pasa por democratizar el ingreso de nuevo talento, debe también materializarse a través de la creación de instituciones encargadas de gestionar el medio. DAFOS (ex- DICINE, ex – CONACINE) claramente no tiene mayor control sobre el medio más allá de organizar los concursos de financiamiento y recopilar la información de los estrenos del año y armar un informe. Una Comisión Fílmica por otro lado, puede tener mayor injerencia y ampliar nuestras posibilidades de desarrollo, dado que gestionaría también el ingreso del mercado audiovisual externo. Colombia y Chile cuentan con las suyas y los resultados son ya tangibles.

Ahora, todas estas acciones no pueden provenir tan solo de la súbita e iluminada organización de realizadores e instituciones, un soporte legal es necesario y qué mejor ejemplo de una ley de cine que la 814 de Colombia, en gran medida la responsable del éxito de la industria audiovisual colombiana de los últimos años. Sus incentivos tributarios para atraer al realizador extranjero y hacer atractiva la inversión privada en productos audiovisuales locales han permitido el despegue de este mercado, al punto que incluso Fox cuenta con un estudio de producción instalado en tierras colombianas.

Una vez que todo ello ocurra, podremos decir que estamos encaminados rumbo a la posibilidad de ganar un Oscar, hasta entonces queda la pregunta ¿podríamos lograrlo en el futuro?. No es un camino imposible siempre y cuando contemos con una industria masiva, sólida, variada y adecuadamente distribuida en el exterior. Después de todo, cineastas locales ya cosechan premios de inmenso prestigio en otras competiciones cinematográficas, imaginen los que podrían obtener si hubiera una maquinaria mejor organizada detrás.

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