La Cautiva, La Plaza, Teatro

Conversando con la Muerte – Sobre La Cautiva y el arte como instrumento para la memoria

Recuerdo muy lucidamente el día que vi por primera vez La Lista de Schindler. Estaba en sexto de primaria, era sábado por la noche y volvía de la casa de un amigo. Entré al cuarto de mis padres, quienes estaban viendo una película en blanco y negro en el canal 2 y pregunté “¿qué ven?”. Mi padre me vio y me dijo – ven con nosotros, es importante que veas esta película. – Lo dijo casi anticipando el impacto que la cinta de Spielberg tendría en mi. Me senté en la cama junto a ellos y fui expuesto a un tipo de cine que logró conmoverme gracias a su crudeza narrativa, riqueza técnica y certeza histórica.

A mi corta edad fui expuesto al mejor registro cinematográfico del Holocausto. Ante mi se desenvolvieron los actos más atroces e inverosímiles que pudiera concebir y, al acabar la película, sentí la irrefrenable necesidad por saber más sobre el tema, al punto que aprendí de memoria fechas importantes, cronologías de guetos, nombres de campos de concentración y exterminio; todo lo que me ayudara tratar de entender el crisol de violencia, barbarie y locura que esos años representaron.

Esta breve anécdota personal me permite exponer muy bien una de las tareas trascendentales que cumplen el cine y el arte: encapsular la historia, hacerla oficial y reforzar la memoria colectiva al despertar en nosotros el hambre por comprender mejor nuestro pasado. El cine la ha cumplido muy bien en lo que refiere al Holocausto y me gustaría que, algún día, lográramos hacer lo mismo con nuestro propio crisol de barbarie y locura: el conflicto armado interno.

En ese aspecto, hemos tenido muchos esfuerzos loables, siendo La boca del lobo su pico máximo de rendimiento, pero siento que aún no se ha rodado en Perú aquella película que pueda despertar en las personas el hambre voraz por tratar de comprender mejor lo que sucedió durante aquellos años; aún no hemos creado una pieza artística cinematográfica que pueda considerarse el registro oficial de lo ocurrido.

En lo que respecta al teatro, Yuyachkani es por derecho propio el referente máximo del arte como instrumento para la memoria, pero aún así siento lo mismo que con el cine; no por falta de pericia técnica ni por que sus historias no sean sobrecogedoras, sino porque no son lo suficientemente masivas como para impactar a todo tipo de público. Es muy difícil que un espectador regular o con un baraje teatral escaso pueda ver una obra de Yuyachkani y apreciarla en toda su magnitud. Esto me obliga a preguntarme ¿podremos algún día tener una pieza artística que concilie lo estético con el valor histórico y el poder de impactar masivamente al público?

Este año un producto cultural se animó a conversar con la muerte y afrontó la tarea de narrar una historia dentro del conflicto armado interno: La Cautiva. La obra fue ganadora del I Festival Sala de Parto organizado por La Plaza y fue escrita por Luis Alberto León. De acuerdo a lo que compartieron las personas que habían logrado verla en ensayos previos al estreno, el montaje era una pieza contundente, necesaria y perfecta. Luego de verla, puedo secundar y cuestionar estas opiniones.

La historia transcurre en una morgue, donde el asistente del médico forense debe preparar al cadáver de una escolar asesinada por militares para que sea violada por los miembros de la tropa. Tras este martillazo de realismo en el pecho, la obra sumerge a los espectadores en un bálsamo fantástico, donde el cadáver de la escolar despierta y trata de conciliar su muerte por medio de un recorrido a través de los retablos de su vida, desde el quinceañero que nunca podrá tener, hasta las marchas de Sendero Luminoso a las que sus padres (terroristas) la obligaron a asistir.

En sí misma, La Cautiva es una obra espléndida, un viaje que oscila sin temor entre lo mórbido y lo bello, lo violento y lo sublime, la barbarie y la ternura. Una apuesta osada por atreverse a contarnos una historia dentro del conflicto armado interno y, siguiendo la escuela de Yuyachkani, ascenderla hacia la poesía, la fantasía y la danza. Estas virtudes merecen el más estruendoso de los aplausos y las opiniones más acaloradamente halagadoras que puedan dársele, a la vez que también merecen una observación crítica.

Si bien la belleza de los textos es indiscutible, su lucidez parece evaporarse por momentos, particularmente cuando inicia el recorrido por los retablos de la protagonista, en donde el asistente del médico forense se transforma en su abuela y su chambelán. Aquí la obra se dispersa y parece quedarse ensimismada en las imágenes anatómicas y andinas, en textos casi oníricos y demasiado extensos acompañados por breves (y apreciados) fogonazos de realidad con valiosa información para que la historia avance.

Es ahí donde se puede encontrar una falencia en la La Cautiva. Fuerza al espectador a ingresar a la fantasía y luego lo mantiene demasiado tiempo oscilando entre el imaginario andino, la prosa poética y las remembranzas históricas sin que la historia parezca avanzar (lo que deviene en letargos de aburrimiento y breve desinterés). Es más, luego del momento más aterrador del montaje, este nos regala una coreografía osadísima en la cual los muertos vuelven a la vida, flamean banderas del PCP – Sendero Luminoso y militares y terroristas luchan y devoran a la protagonista. Un banquete visual y sensorial, pero no me atrevo a decir que la obra hubiera cambiado si es que se prescindía de él, y una máxima de la dramaturgia es “si es prescindible, sácalo”.

Por supuesto, ninguno de estos argumentos desmerece en lo absoluto la calidad de La Cautiva, pero siento que es necesario exponerlos para no perdernos en el vendaval de encendidas opiniones que ya la catalogan como un “clásico instantáneo” o “la obra máxima de la dramaturgia peruana”. Si se puede hacer el paralelo entre el primer montaje de La Plaza en esta temporada (Incendios de Wajdi Mouawad) y La Cautiva, podríamos encontrar que una pieza como Incendios sí logra lo que La Cautiva no, mezclar historia, con narrativa, con poesía de forma que cada elemento sea absolutamente indispensable para la resolución del relato (el uso de la matemática para revelar el secreto de la mujer que canta en Incendios es una cátedra de buena dramaturgia).

Ahora, si para encontrar algún aspecto a corregir en una obra hay que compararla con Incendios, pues respeto y felicitaciones al dramaturgo, porque quiere decir que estuvo muy cerca de lograr una pieza perfecta. Y eso es valioso y esperanzador para un país que necesita más productos que le permitan confrontar su locura y su pasado.

Dicho esto, puedo sostener que La Cautiva pertenece, sin duda, a las filas de aquellos instrumentos para la memoria que, deseo sinceramente, comiencen a ser más frecuentes y variados como sea posible; del mismo modo, representa un paso más en la búsqueda de esa gran pieza artística que logre impactar masivamente a los espectadores y despertar en ellos el hambre por conocer y comprender mejor nuestro pasado.

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